LOS OTROS CIUDADANOS

Es alucinante, todo parece mucho más fácil y llevadero si lo acompañas de música, la espera del bus, el tren, el metro, el cruce de los pasos de peatones. Incluso los empujones, no les das importancia, vas sumida en tu mundo de compases y secuencias, para mi, por regla general, muy agradables.
Pero otras veces, algo llama tu atención, no puedes apartar la mirada y hasta llegas a pensar, me van a decir algo por mirar tan fijamente pero, la escena es dura, no puedo mirar para otro lado y tampoco puedo hacer nada.
Allí, a las 7 de la mañana, observo a una pareja, hombre y mujer de avanzada edad, tumbados sobre un colchón viejo y roído, tapados con varias mantas, dos o tres maletas y diversas bolsas prácticamente les rodean, supongo que sus enseres se encuentran en el interior.
El hombre se levanta, está despeinado, sucio. La camisa a medio introducir por el pantalón. Lo primero que hace es encenderse un cigarrillo. Nos mira, pero no nos ve, su preocupación es otra, despertar a su mujer. Ella, con un mal gesto le dice que la deje dormir. El insiste, se ve que algo le preocupa, puede que sea la presencia policial. Sigue insistiendo pero no hay forma, la mujer decide seguir durmiendo. El enfado del hombre empieza a aflorar, el de ella, también, pero sigue sin levantarse.
A pesar de las circunstancias, se nota, se palpa en el aire, que se conocen perfectamente y, que se quieren, no podrían vivir el uno sin el otro, son cómplices, camaradas, compañeros, náufragos en un mar de asfalto.
Sigo observándoles mientras me termino el cigarrillo, la gente pasa por su lado, mirando de soslayo y siguen su camino, es normal, van a trabajar y por desgracia, ya nos estamos ACOSTUMBRANDO a ver esas escenas. Consulto mi reloj. Bien, tengo que marcharme, él está recogiendo los bártulos que tienen por allí, ella sigue durmiendo. Se levantará, siempre lo hace. Cuando vuelvo ya no hay ni rastro de ellos dos, pero, a la mañana siguiente, allí estarán de nuevo, como de si una suite en el mejor de los hoteles se tratase. Ellos tienen colchón, otros el banco de un parque, el de un metro, o simplemente, el frío suelo y unos cartones o papel de periódico.
Yo tengo un techo, una familia, un plato de comida… Soy una privilegiada.
















ipecan dijo
Efectivamente vivimos inmersos en nuestro mundo, vamos hipnotizados al trabajo escuchando música o leyendo periódicos de tirada gratuida para no tener que fijarnos en el rostro de la persona que comparte tren o un reducido espacio en el autobús.
quizá esas personas que carecen de lo material estén más satisfechas en su interior aunque sea una vida tan tan dura al no tener una cama limpia, un plato de comida caliente y un techo donde cobijarse.
un saludo.
enhorabuena por tu blog
15 Julio 2009 | 07:08 PM