Eran otros tiempos. Por aquel entonces, y según me contaban, rara vez alguien sacaba una navaja, no existían las jeringuillas infectadas de sida. Era todo distinto. Entonces los hombres se liaban a puñetazos limpios. Lo que se suele llamar una pelea limpia, de tú a tú, y con nuestras manos.

Soy hija de un ex-boxeador. Él no estuvo mucho en el boxeo, pero resumo un poco su aventura.

Mi padre quería boxear, y se apunto al gimnasio, pero como era menor de edad y no le dejaban pues, aprovechando que la caligrafía suya y la de mi abuelo eran iguales (y maravillosas), la falsificó. Consiguió entrar y empezó a entrenar. Con el tiempo, aquello iba avanzando de nivel , y hasta tuvo su combate profesional… Uno y no más. Terminó el combate…

A la mañana siguiente, mi abuela le llevó el desayuno a la mesa, y mi padre, tapándose la cara con un periódico, le dio las gracias, y dijo que lo dejase en la mesa:

-Vamos hijo, deja ya de leer el periódico y desayuna...

Tanto insistió, que al final, mi padre, retiró el periódico dejando de esta manera ver su… lindo rostro… La nariz rota.

La bandeja con el desayuno fue a parar de las manos de mi abuela, directamente al suelo. Entonces ya se descubrió todo el pastel…

Mi abuelo, que media 1,84 y era un autentico armario de cuatro cuerpos (de fuerte). Le dijo:

- Hijo, o dejas el boxeo, o la próxima vez vas a boxear conmigo.

Se acabaron el gimnasio, y los combates.

 

 

Pero a lo que iba en esta historia. A la “limpieza” de las peleas de entonces. Después de haber estado mi padre tanto tiempo en el gimnasio, antes de que le partiesen la nariz, pues hizo muchas amistades. ¡Menudas pandillas! Las de aquel barrio. En la de mi padre, la mitad eran boxeadores y la otra mitad luchadores, de lucha-libre. La otra pandilla (cada una como de unos veinte tíos), boxeadores.

 

Un buen día tuvieron un pequeño problemilla dos de cada bando, líos de faldas, y quedaron para darse de puñetazos. Bien, pues allí se presentaron entre unos y otros, los cuarenta muchachos, pero nadie más se metió en la pelea, solo ellos dos, quedaron en apartarse de los grupos y darse de leches.

Tanto una pandilla como la otra, se juntaron y se fueron de copas, eso si, controlando el reloj. El tiempo pasaba, y pasaba… ¡Y pasaba!

- Oye macho, que ha pasado ya una hora y no aparece ninguno –decía uno-

- Joder… ¿y que hacemos? – preguntó un tercero-

- Yo estoy preocupado ¡a ver si se han matado estos dos! –dijo otro-

Total, que al final, decidieron acudir al lugar donde supuestamente estos dos se estaban dando de lo lindo. Miran aun lado, miran al otro, y nada, que no hay ni rastro de ellos. Al final, fijan su atención en un bar que tenían enfrente… Si, allí estaban los dos, tomándose unas cañas, riéndose y hablando amistosamente.

Lo peor de todo es la bronca que se llevaron por parte de los otros 38, que estaban preocupadísimos por ellos…

Aysss, que tiempos aquellos!

 

 

En esa ocasión salió bien pero en otra….Uff!. La otra fue peor, también por un lió de faldas, lo típico, pero esta vez, se trataba de la hermana de uno de ellos, el del otro bando se rió de la muchacha y, el hermano (boxeador y otro 4x4) fue a por el sin pensárselo dos veces. En esta ocasión si se asustaron porque, el tal Manolo (el hermano), le hizo cruzar al otro, toda una avenida a puñetazo limpio (como en las películas), pero lo peor fue cuando le acorraló en una verja y sigo dándole de puñetazos. Fue entonces cuando los demás acudieron a separarle, de lo contrario, le mata seguro. Y alguno salió tarifando al acercarse…

 

 

A mi las peleas me ponen muy nerviosa, no me gustan (en la calle, los combates en deporte, si), pero reconozco, que donde esté una buena pelea de este tipo, que se me quiten las de ahora, con navajas, o armas de fuego.(No estoy justificando la violencia, conste)